¿Cómo eran las listas de libros vetados por el Santo Oficio en España? Pues bastante arbitrarias y reveladoras de la incompetencia de los censores

Antonio Fernández Luzón

20/01/2021 07:00

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Artículo publicado en el número 629 de la revista Historia y Vida redaccionhyv@historiayvida.com.

En 1557, el médico Francisco de Peñaranda escondió once libros, protegidos con paja, entre las paredes de su casa de Barcarrota (Badajoz), porque trataban de materias peligrosas. Entre ellos había dos obras de Erasmo y un ejemplar de La vida de Lazarillo de Tormes, muy críticas con los vicios y corrupciones del estamento eclesiástico, cuya posesión era peligrosa a los ojos de la Inquisición.

Soplaban malos vientos para los libros en una Europa dividida por la confrontación entre católicos y protestantes, que hallaron en la imprenta un formidable aliado frente al adversario.

Un siglo antes, la Iglesia había saludado la invención del libro impreso y ensalzado la tipografía como un “arte divina” capaz de dar al mundo incontables tesoros de sabiduría. Sin embargo, muy pronto se percató de los riesgos que entrañaba aquel portentoso y eficaz medio de difundir las ideas.

Ya en 1487, la bula Inter multiplices de Inocencio VIII obligaba a obtener el imprimatur, o licencia eclesiástica, para imprimir libros. Desde entonces, la lectura y posesión de libros prohibidos estuvo unida a las llamas en que ardían los ejemplares heréticos, del mismo modo que en los autos de fe contra los herejes se ejecutaban las sentencias del Santo Oficio y se quemaba a los reos.

¡A la hoguera! Los autos de fe especiales para libros

La puesta en escena del auto de fe de libros, aunque más simplificada que la de los autos de fe con presos, constaba de un recorrido procesional por las principales calles de la ciudad. La comitiva, integrada por el inquisidor del tribunal, el alguacil mayor, ministros y familiares del Santo Oficio, iba precedida por trompetas y atabales que anunciaban su paso. A continuación, una acémila con un telliz de terciopelo carmesí portaba sobre su lomo una caja de grandes dimensiones que contenía los libros que el verdugo arrojaría a la hoguera.

La Inquisición solo intervenía en la censura a posteriori, después de que el libro fuera publicado. En España, las licencias previas de impresión las concedía la Corona a través del Consejo de Castilla. La principal actividad censora de la Inquisición fue la codificación de lo que podía o no leerse mediante la promulgación de listas o índices de libros prohibidos.

Ahora bien, la eficacia de sus mecanismos de control hubiera sido escasa sin el colaboracionismo de libreros, importadores de libros, miembros del clero y, sobre todo, el estamento universitario.

Desde la segunda mitad del siglo XVI, conjurado el peligro de infiltración luterana, el Santo Oficio tuvo como principal objetivo disciplinar a las capas menos cultas de la sociedad, y para ello contó con la complicidad del establishment intelectual. Por otra parte, en las prohibiciones contra los libros extranjeros pesó mucho la propia debilidad de la industria editorial española, necesitada de medidas proteccionistas.

Los temores del inquisidor Valdés

La psicosis desatada por el descubrimiento de los focos protestantes de Valladolid y Sevilla explica el rigor del Índice de libros prohibidos del inquisidor general Valdés, publicado en 1559. Mientras la Inquisición portuguesa aceptó el Catálogo de libros prohibidos del papa Paulo IV de aquel mismo año, la española decidió promulgar uno propio, prohibiendo las biblias en romance, autores espirituales españoles (como Juan de Ávila, Francisco de Borja o Luis de Granada) y gran parte del teatro nacional.

El ensayo religioso inquietaba a Valdés porque “llevaba la mística a la mujer del carpintero”, y el teatro le parecía peligroso por su gran capacidad de penetración en las masas. El índice de libros prohibidos más exhaustivo fue el del inquisidor general Quiroga (1583), con 2.315 obras, un número muy superior a las 699 de Valdés y a las 1.012 del Catálogo romano de Trento (1564).

n el siglo XVII, la censura inquisitorial española se adaptará progresivamente a los criterios de la romana. La Inquisición se transforma definitivamente en un tribunal de la conciencia y de la moralidad colectiva, y se acentúan las prohibiciones contra los libros lascivos y obscenos.

Contra la ‘Celestina’ y el ‘Lazarillo’

El miedo al libro como vía de transmisión de lo herético o pecaminoso fue enorme entre los inquisidores. Los libros en lengua vulgar fueron más perseguidos que los escritos en latín, a los que solo tenía acceso la minoría letrada. Sin embargo, los ejemplos de incoherencia censoria son múltiples. La Celestina, que circuló libremente en el siglo XVI, fue expurgada en 1632 y se acabó prohibiendo en el último Índice de 1790, pese a que no se había publicado desde 1633.

La novela de caballerías no tuvo problemas, y la novela picaresca, muy pocos. Solo el Lazarillo y el Marcos Obregón fueron expurgados. El teatro del siglo XVI fue implacablemente perseguido (en particular, el de Bartolomé Torres Naharro), pero no el del XVII, salvo algunos pasajes expurgados de Luis Vélez de Guevara, Tirso de Molina o Pedro Calderón de la Barca. Censores ilustres como el jesuita Juan de Mariana o el humanista Benito Arias Montano tuvieron dificultades con algunas de sus obras originales.

¿A favor de Galileo?

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El heliocentrismo no fue más aceptado en España que en Roma, pero la Inquisición española se desmarcó de la prohibición del Diálogo sobre los sistemas del mundo de Galileo, condenado por la Inquisición romana en 1634. ¿Por qué? Pues por algo que nada tenía que ver con Galileo ni con el heliocentrismo, sino con los derechos de regalía del rey de España en Sicilia.

Estos derechos se exponían en Notitiae siciliensium ecllessiarum (Palermo, 1630), del jurista Rocco Pirro, obra que prohibía la Inquisición romana junto con otras 23, entre ellas la de Galileo. En la Inquisición española se decidió ignorar el decreto de Roma porque metía en el mismo saco a Galileo y a una obra que defendía los intereses de la Corona.

Censores incompetentes

La tarea censoria fue inabarcable. Se examinaban los libros que llegaban a manos inquisitoriales por la vía de la delación, de la vigilancia de puertos y fronteras o como resultado de los escrúpulos de los lectores, pero los censores nunca estuvieron a la altura del trabajo que se les demandaba.

En 1798, Gaspar Melchor de Jovellanos los calificará de ignorantes, “pues no estando dotados, los empleos vienen a recaer en frailes, que lo toman solo para lograr el platillo y la exención de coro; que ignoran las lenguas extrañas; que solo saben un poco de teología escolástica y de moral causista”.

La incompetencia y manifiesta arbitrariedad de los censores creó una gran incertidumbre a los poseedores de libros y al público lector en general. Sobre todo porque la censura poseyó la escalofriante potestad de indagar en lo más íntimo del espíritu y convertirse, de algún modo, en un tribunal de la conciencia.

¿Culpable del atraso? La censura inquisitorial y la ciencia española

Es común la idea de que el Santo Oficio fue responsable del “atraso científico español”. Sin entrar en un debate ideológico aún vivo, lo cierto es que, si España hubiera permanecido al margen del punto de partida de la Revolución científica (concepto hoy discutido), la explicación no podría limitarse a la acción represora de la Inquisición.

De hecho, la ciencia fue la temática menos perseguida por el Santo Oficio. Según los cálculos del especialista José Pardo Tomás, las obras científicas prohibidas por el Índice de 1559 representaron solo el 7,8% del total, menos aún en el catálogo de 1583 (6,9%), y nunca excedieron el 8%.

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